“No nos han desaparecido”. Segunda de dos partes.
Por: Emma Aguado.

Era el primer día de febrero y pocos minutos después de que diera término la Uanópikua o procesión con los Mindecha o símbolos por las principales calles de Uricho sede del Año Nuevo P’urhépecha, me dirigí hacia él, lo había visto ya desde hacía un rato mientras aventaba dulces y bailaba al ritmo de la música que nos precedía por varias cuadras: ¿cómo miran las elecciones este año?, le dije asombrada por mi atrevimiento, y por respuesta obtuve una mueca de ironía acompañada con las siguientes palabras: “¡Nosotros si tenemos qué hacer, sólo los que no tienen qué hacer viven en función de las elecciones!, ¡ustedes miden los ciclos pensando en eso, nosotros no!”. Se trataba de uno de los principales del Concejo Cherán K’éri (me reservo el nombre a petición suya) quien me compartió además algunos adelantos de la conmemoración que por estos días ya organizan para recordar su lucha que en abril cumple cuatro años; se trata de una ardua batalla por recuperar de manos del crimen organizado a su pueblo, que los llevó al día de hoy a ser reconocidos a nivel mundial por su valentía. Hoy Cherán es el único sitio en Michoacán que no celebra elecciones regulares ateniéndose a su propia organización y voluntad comunitaria, pero sobre todo organizada. Cherán es además un referente de lucha para los pueblos originarios, para el Pueblo P’urhépecha en particular, lo que horas más tarde tata Francisco miembro del Concejo Mayor me confirmó cuando platicábamos del Kurhíkuaeri K'uínchekua.

Como el mismísimo Tariácuri

¿Por qué es tan importante celebrar el Año Nuevo Purépecha?, pregunté a tata Francisco originario de Uricho, carguero, hombre de roble, macizo, engabanado, mirada penetrante, cabeza rapada, quien con suma seriedad contestó: “Somos P’urhépecha en primer término, nada más por eso. Y es importante por toda la unidad que nos da”, unidad que ha costado años: diez, veinte, treinta años para ir hilvanando poco a poco esos pedazos que quedaron esparcidos bajo el velo de la timidez, la violencia y la vergüenza. “No es necesario que seamos filósofos para pensar a dónde vamos”, (y a donde van es a la autonomía, a la autodeterminación, a la libertad de decidir sus formas de gobernarse), “en este festejo se habló de Cherán que por las condiciones geopolíticas llegó rápido a donde la comunidad hoy quiere llegar… pero con calma”, y puntualiza una idea central que sostiene el festejo sin que muchos se den cuenta siquiera, “ aquí se dice que esto no es política, pero yo creo que sí lo es, pero de una forma muy inteligente, pensando que no lo es”.

Tata Francisco sabe que la comunidad le respeta, se lo ha ganado a pulso, por eso su voz es firme, contundente, cuando contesta sobre la situación de violencia que vive Michoacán y cómo permea entre los p’urhépecha, “ya quisiéramos estarnos defendiendo como Cherán, pero desafortunadamente esa maldad está con nosotros, es nuestra vecina, hay que ir con mucho cuidado con eso. Ha habido toque de queda en algunos pueblos, pero no pasa de ser una noche, la inseguridad no pega tanto, seguimos caminando a gusto, seguimos bien libres”.

El Tata K’éri o gran señor tenía prisa, tenía que asistir al Kurpamukperakua o reunión de concejo de los Tamapu T'erunchiticha, cargueros, para elegir a la nueva sede por eso a vuelo de pájaro alcanzó a compartirme su indignación por lo que sucede en el país, “Soy egresado de una escuela que como muchas es cuestionada a nivel nacional, es decir de una normal. Yo también como los de Ayotzinapa creo que los partidos no sirven y si las comunidades pudieran hacer lo que Cherán podríamos elegir como mucho antes las autoridades se escogían: por honorabilidad. En mi comunidad se escogían cuatro, uno por cada barrio y ahí salía el que menos cola tenía que le pisaran” y para rematar me alcanzó a decir una cosa fundamental, “hoy seguimos creyendo que los gobernantes deben ser como el mismísimo Tariácuri, (fundador del imperio purépecha), sin tiras, honorable, que mató a dos de sus hijos simplemente por dar mal ejemplo simplemente por alcoholismo, imagínese, si los gobernantes fueran incorruptos como él sería otro mundo”.

El Cabildo indígena
La celebración del Año Nuevo P’urhépecha ha permanecido autónoma, sin participación de partidos políticos de ningún tipo, su rechazo a la injerencia de los representantes de las formas de gobierno dominantes es contundente, y es que su forma de organizarse ha sido diametralmente distinta, por tal motivo quizá para muchos buscar parecerse al mismísimo Tariácuri podría sonar a una barbaridad, pero para los pueblos p’urhépecha el honor y el respeto comunitario son dos valores que se inculcan desde niños.

Participando en todas las actividades del primero de febrero, una comitiva de alrededor de 50 personas provenientes de San Jerónimo Purenchécuaro se alistaban alegremente para la celebración, la mitad de ellos eran autoridades representativas: jefes de tenencia, comisariados, jueces menores. Alegre, el coordinador del grupo permitió que le dirigiera una pregunta con tal de respetar su anonimato y le dije: ante la desvergüenza de los servidores públicos en este país que saltan de un puesto a otro, de un color a otro acostumbrados a vivir del erario público sin rendir cuentas a nadie, ante la compra y herencia de puestos en la administración pública, ¿cómo hacen ustedes para gobernarse? Con una enorme y bella sonrisa me contestó: “En el caso de San Jerónimo tenemos el sistema de cargos que se organiza mediante trabajo comunitario, colectivo. Se rige según la reputación que tengas dentro de la comunidad, la mayoría es gente bien conocida y no se abandera con ningún partido político. En nuestro pueblo existe todavía el cabildo indígena y ninguno está peleado con otros, todos se reúnen cada miércoles a las seis de la tarde sin falta para tratar problemas comunales, no se atiende a ninguna instancia política, se recibe a todos y se vota.

En cuanto a los jóvenes se les da una comisión desde niños un cargo y se van integrando a la comunidad aunque no quieran, y cuando crecen van adquiriendo cargos de representatividad entre nosotros”.

Admirada de su convicción, su fortaleza y de la alegría con la que el grupo se organizaba para entrar a Uricho, los busqué más tarde con los ojos durante la T’irékua, hora de compartir alimentos, los encontré dándose comida unos a los otros, hacían enormes filas para pasar los platos de corundas y churipu a sus compañeros… y reían, en verdad reían.