Escucha hombre blanco, que vienes de lejanas
tierras y te crees dueño de mi mundo: porque
tienes la fuerza, porque dices que tu Dios es
mejor que los míos.

Escucha, oye mi voz que te advierte: no tomarás
mi mujer, mi tierra y mi aire impunemente,
pues la fuerza está en mi sangre, en mi tierra,
en mi silencio.

Oye mi voz que te advierte: cuídate del espejo
de flores, guárdate del espejo que corta, de
lo delicado que mata.

Pues las flores que pisoteas serán garras que
destrozarán tus carnes.

Oye la voz del que crees tu esclavo, por tu
Dios y tus armas. Tu Dios es uno, los míos,
miles. Tus armas burdas; las mías, sutiles.

El orgullo de mi raza vive. Escudo de flores
le llamaron mis padres. Escudo de Anáhuac:
suave y duro a la vez.

Pétalos que acarician.
Que cortan, como filos de obsidiana.

No tomarás mi mundo.
Antes morirás, hombre de lejanas
tierras.

Morirás.

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Autor: Martín Díaz