Martín Equihua.

“¿Dónde estaba dios en esos días?... ¿Cómo pudo tolerar… este triunfo del mal?”, se preguntó hace una década el entonces papa Benedicto XVI, frente al cascaron de Auschwitz, símbolo de la maldad desquiciada del siglo veinte. Ahora, el carismático Francisco, ante la cifra de decenas de miles de desaparecidos y muertos, bien podría refrendar la interrogante y extenderla a su iglesia; de hecho, su visita también es oportunidad para que, ante el escenario de violencia y maldad, los mexicanos pregunten por el Estado, la sociedad civil dizque organizada, la escuela, la familia, la lucha social y la esperanza.

¿Dónde estuvieron en esta década en que la violencia cargada de maldad humana extrema (MHE) lo arrasó todo?

Se trata de una gran ola que no cesa, pero que tampoco ha sido constante en la historia. Si hay que fecharla, inició la madrugada de septiembre de 2006, cuando cinco cabezas humanas rodaron en la pista de baile del club Sol y Sombra de Uruapan. Las alegrías transitorias de por sí, se ahogaron de golpe. Un mensaje impreso con sangre fijó la autoría del estruendoso suceso. Con sobrada maldad, los autores del horrendo crimen escribieron que se trataba de justicia divina. Era un mensaje para todos, firmado por la naciente agrupación delictiva de la Familia Michoacana. La maldad se había desatado y quería bailar. Hacía falta la música y pronto llegó Calderón.

Desde aquella madrugada se volvieron “normales”: mutilaciones, decapitaciones, desollamientos, levantones, masacres, narcotumbas, narcomensajes, torturas, desapariciones y otras acciones extremas que en conjunto constituyen una ola de maldad que emparenta con episodios oscuros en la historia de la humanidad, como el que representa Auschwitz. Por eso, una vez más, es deseable que en boca del papa Francisco se remache la clásica duda teológica: ante esta maldad humana extrema, ¿dónde ha estado Dios?

Para lo innombrable surgió un nuevo lenguaje que se desbordó en el universo infinito de las redes digitales. La crudeza de las ejecuciones, el gozo de los criminales y su grosera celebración se pusieron al alcance de todos. El ambiente de calle, como el virtual, se cargó de muerte, miedo, impunidad y discursos presidenciales incendiarios.

Masacres como la de San Fernando en Tamaulipas, La Marquesa en Estado de México o casino Royal en Monterrey; tumbas clandestinas con decenas de muertos en Durango, Jalisco o Michoacán, y ejecuciones cada vez más sanguinarias, que dejaban su huella en puentes o plazas, se instalaron como ordinarias y adormecieron el asombro, si bien con cada episodio se creía que la maldad había tocado fondo, incluida la emblemática desaparición y muy probable masacre de los 43 normalistas de Ayontzinapa, la que generó una reacción que trascendió las fronteras por el nivel de MHE con que se operó, y que seguramente no desmerecerá con cualesquiera que resulte ser la verdad histórica.

VIOLENCIA Y SOCIEDAD.
El escenario podría encuadrase con datos de la Encuesta de Victimización (ENIPE 2015) que estimó que solo en 2014 hubo casi 23 millones de víctimas de algún delito, de 18 años y más, que si se lee con clave de México Evalúa y su Índice de Víctimas Visibles e Invisibles, habría que sumar el impacto en “la familia nuclear, que no puede ser indiferente y no queda exenta de los daños psicológicos o materiales que le siguen al acto criminal”. Pero ni siquiera es suficiente con sumar a la familia nuclear, ya que las redes humanas de que las víctimas forman parte también son afectadas. Por ello, y dada la cantidad, y en especial la calidad (MHE) de la violencia, el impacto en los diez años transcurridos ha sido de verdadera catástrofe humanitaria y de la convivencia social.

La ENIPE da cuenta, por igual, de la impresentable impunidad en que se ha desplegado esta película. De cada 100 delitos cometidos, 97 quedarían sin sanción alguna, lo que estimula la violencia en general y aquella cargada de MHE en particular, pues sus actores saben que la probabilidad de recibir castigo es risiblemente baja. Por eso no es gratuita la percepción de inseguridad de los mayores de 18 años, por el orden de 73 por ciento; mientras que 58 por ciento considera, en definitiva, a la inseguridad como el problema principal de México.

Tres meses después del Sol y Sombra –que hoy mismo mantiene puertas abiertas-, el presidente Felipe Calderón lanzó su estrategia de seguridad que implicó gran movilización de fuerzas armadas, pero que se tradujo al final de su gestión, en más agrupaciones delictivas y droga en las calles, en rompimiento del tejido social y acentuada pérdida de confianza en las instituciones. Y lo que es peor, sumando el periodo actual de gobierno que completa la década, dicha estrategia ha dejado un saldo de 120 mil muertos, incluidos dos mil niños, 28 mil desaparecidos e incontables huérfanos. Se incrementó la violencia y la MHE. Basta con mirar el documento de Cifras de Incidencia Delictiva 1997-2014; y atender lo que ya antes de esa publicación habían señalado académicos, medios de comunicación y organismos de la sociedad, quienes criticaban la ausencia de información oficial consistente. Parece que nadie informó a Calderón Hinojosa de que la militarización y la estridencia discursiva solo calentarían el contexto, si no se acompañaban de aparatos sólidos de justicia e inteligencia.

TSUNAMI DEL MAL.
Con la información oficial no es posible saber cuántas víctimas lo han sido por MHE, pero se trata de una porción considerable y sus actores han sido, fundamentalmente, los sicarios de los brazos armados de los cárteles.

Se piensa, con MHE, en esa violencia de alto impacto que genera terror. La que incluye todo un expediente de crueldad en acciones celebradas con burla, bromas, música y mensajes de reto a los bandos enemigos. En esa maldad que, en realidad, va más allá de la disputa de plazas, rutas del tráfico de drogas, redes de corrupción en que se sustenta el crimen y de cualquier otro justificante.

Es decir que se piensa en esa fuerza que alimenta la voluntad, individual o colectiva, de infringir miedo, sufrimiento y dolor extremo a otros -y no solo la muerte-, independientemente de los argumentos que se esgriman, que en todo caso son el detonador, la chispa que activa esa conducta; en ese mal moral, deliberado, que lo goza conscientemente quien lo comete, burlándose de la cabeza cercenada o las súplicas de las víctimas, como se ve en diversos videos. Del mal que termina celebrándose como triunfo; ese mal radical, postulado por Kant. De ese que nada tiene de banal, a contrasentido de lo teorizado por H. Arendt, si cuando más terminen siendo banales los argumentos y hasta el saldo en muertos, drogas o armas que van y vienen. Se trata del mal cotidiano que con crueldad y placer acerca la muerte a la vida; el que tortura y se deleita en el lento y cruel fallecimiento del otro, cuando la frontera entre vida y muerte se torna frágil. El mal que presume el abuso de poder del ejecutor sobre la víctima, para decirlo con P. Zimbardo, en un acto que le da sentido al desplegarlo. La muerte lenta, la desarticulación y hasta la desintegración de los cuerpos.

Tal es el sello de esta década que nos aproxima a aquellos episodios traumáticos de la historia humana, como el Holocausto, las masacres de Ruanda, las ejecuciones demenciales de ISIS, entre otros. Véase, si no, el coctel de revelaciones en las entrevistas disponibles en red, a personajes como Óscar Osvaldo García Montoya, líder de La Mano con Ojos, quien goza afirmando que asesinó con sus propias manos a más de 300 personas, y que él mismo mandó a ejecutar a otros tantos; o Miguel Ortiz Miranda, El Tyson, que detalla cómo adiestraba para matar, destazar y cocinar cuerpos; o Santiago Meza López, El Pozolero, quien desintegró más de 300 cuerpos en lo que calificó “un trabajo como cualquier otro”.

La lista de detenidos y confesos de estos actos es larga, pero a la vez pequeña, si se piensa en los que siguen libres en las calles, y cuyas obras estrujan, en infinitas fotos y videos que circulan por la red, de donde se ve, por ejemplo, a un Raúl Ribera que suplica que le den “un balazo por favor”, mientras mira que cuatro colegas suyos están siendo descuartizados con cuchillos y hachas. Gritos y expresiones desgarradoras de quienes habrían cometido delitos similares, pero que no logran conmover a sus verdugos. En otro video se mira a la malograda Güera Loca, presentando ante la cámara una cabeza humana que acaba de cortar. Hay risas desenfadadas, festejo. Meses después, en otro video aparecerá la misma güera siendo decapitada junto a otras tres mujeres, por un cartel rival. Terminará en pedacitos, en manos de otros que, como ella lo hizo, festinarán la muerte. Otro video da cuenta del desollamiento de una persona, en donde se escucha la instrucción de “que con cuidado para quede bien machín”, que le quiten bien “la naricita”, que le dejen el bigote para “que se vea bien chingón”. La deshumanización plena. “Bigotito y todo… extiéndela bien, que se mire bonito”.

Las imágenes de estos hechos se cuentan por miles. Hay páginas de internet especializadas, mientras que las páginas de nota roja de cientos de diarios, especialmente locales, han festinado sin el menor rubor la sangre. Por el lado de la música y el espectáculo, es nutrido el inventario de quienes producen piezas alusivas al narcotráfico y su violencia. Hay escenas de bailes masivos amenizados por estos músicos, donde miles bailan al son de “tumbando cabezas al que se atraviesa… para hacer sufrir… cuchillo afilado para degollar…”.

Pero cómo afrontar este fenómeno, ausente de diagnósticos institucionales y sin merecimiento aún de atención en políticas públicas, que cuando más queda diluido en el escenario nacional de violencia.

DE FILOSOFÍA, RELIGIÓN Y CIENCIA.
El problema del mal por siglos ha sido tema exclusivo de la religión y la filosofía. Hace relativamente poco que para él se abrieron los aposentos de la ciencia, pero aún está pendiente un enfoque interdisciplinar, capaz de explorar sus distintas aristas para eventualmente poder contenerlo ahí donde sea posible.

Por eso tienen sentido las viejas preguntas por el paradero de Dios y su silencio, y por su permisibilidad para que triunfe el mal, para decirlo con el renunciado Benedicto XVI, porque restituye en los hombres el deber del conocimiento causal de estos comportamientos, para, como hemos dicho, poder intervenir hasta donde sea posible.

La predisposición a la MHE tiene un componente biológico y otro social, contextual, y un detonador que tiene que ver con el ejercicio de la libertad, que a su vez se ejerce como el despliegue de la formación que cada sujeto ha tenido a lo largo de su vida. Su abordaje científico, filosófico y religioso, ha resultado en dos grandes bloques, a saber, por un lado, los que consideran que el mal es intrínseco al ser humano, y por otro, los que lo consideran extrínseco, aprendido. Un tercer bloque, menos consistente, estima una combinación interna y externa, y suma, de alguna manera, el libre albedrío del sujeto.

En el campo de la ciencia, desde la genética se han logrado aislar genes que facilitarían las conductas antisociales y la falta de empatía; mientras que las neurociencias han logrado leer en quienes cometen actos de maldad, tanto la falta de serotonina, que inhibiría la ira y la agresión, como una fisiología diferente al resto, en algunas estructuras cerebrales. De hecho, el gran proyecto neurocientífico del conectoma, a desarrollarse en las próximas décadas, será un mapeo de las múltiples interacciones neuronales, en donde podrán leerse los causales neurobiológicos de la conducta humana, como ésta, de la MHE. Por su lado, la psicología ha llamado la atención en la manifestación de las conductas violentas alrededor de los dos años de edad, y ha probado que es posible la contención de esas manifestaciones a partir de entonces. Por igual, desde el psicoanálisis, el causal de los traumas de la infancia en las conductas violentas se mantiene en pie, si bien no se estima que sea suficiente. Los evolucionistas han apuntado el papel de la violencia como mecanismo de selección, desde aquella de corte instintivo hasta la que pasa por la conciencia.

Por su cuenta, los historiadores no se han puesto de acuerdo en si la violencia ha aumentado o disminuido a lo largo de la evolución cultural humana, pues hay teorías en ambas direcciones. Destaca, sin embargo, que hasta ahora se tengan pocas pruebas de MHE en la prehistoria, lo que cambia a partir de las primeras sociedades estatales, en donde se han encontrado instrumentos de tortura.

Para algunas religiones el mal no forma parte de las hechuras con que dios hizo al hombre, que lo habría hecho bueno por definición, sino que su elección, el pecado, es producto de su libre albedrío del que fue dotado. De hecho, niegan responsabilidad de dios sobre cualquier expresión del mal, que para eso está el diablo, al ángel del mal, nada menos. Además, las expresiones del mal empequeñecerían ante la grandeza de otros propósitos divinos, ya que, sin duda, el presente sería el mejor de los mundos posibles. Otras creencias y filosofías insistirán por siglos en que tanto el bien como el mal son constitutivos del hombre, o ambos a la vez o uno solo, y que a lo largo de la vida el hombre puede ser tentado por el otro. En las últimas décadas han aparecido interesantes teorías como la gramática moral universal de Marc Hauser, para quien los juicios morales responden a una facultad moral innata, equiparable al instinto del lenguaje; y otras.

EN EL HORIZONTE.
La MHE se sitúa en la intersección de naturaleza humana, medio social y libertad de acción del sujeto que la ejerce, pues, como se sabe, no todos actúan con violencia extrema ante condiciones de permisibilidad del contexto social o la situación; en tanto que de solo atender el condicionante biológico, supondría que padres, hermanos, hijos y otros familiares del sujeto que ha cometido actos de MHE, habrían actuado igual, por lo que se trataría de una constante, cuando bien se sabe que se trata de un fenómeno que se acentúo a partir de 2006 y no antes. Además, con el mismo contexto y la misma genética, resultan actuaciones diferentes porque finalmente cada sujeto ha ejercido su voluntad para tomar una u otra opción, es decir su libertad, que en última instancia es el despliegue de la formación que el individuo ha tenido, moral, normativa, institucional, social, a lo que P. Bourdieu desinara con el concepto de habitus.

Así, y viendo la dimensión de la catástrofe humanitaria, sigue siendo deseable que se articulen disposiciones normativas, institucionales, políticas, que afronten el fenómeno de la MHE hasta donde sea posible. Si bien con el gobierno en turno hay menos estridencia discursiva, poco se ha ganado en eficiencia, a juzgar por las cifras y la calidad de la violencia en donde se mira que los reacomodos de las organizaciones criminales no han disminuido la MHE.

A vuelo de pájaro, por encima de todas las urgencias podría elevarse la necesidad de revisión de la funcionalidad del sistema judicial en su conjunto, y de su derivado paraíso de impunidad, que alientan violencia y MHE.

Pero también, es necesario revisar la formación valoral del sistema educativo, y encontrar el mejor modelo que trascienda el relativismo inmovilista, que reconozca y promueva esa suerte de ética universal impresa en la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, bien llevada, nos aproxime más a una convivencia justa, fraterna y humana. Es pertinente un gran acuerdo social para regular o persuadir a medios de comunicación y a la práctica pública en general, para que alimenten la honestidad, el respeto a la ley, a la diversidad, a la solidaridad, etc. La escuela es fundamental pero no exclusiva en esta gran tarea.

Los medios de comunicación no pueden seguir festinando la MHE, lo que no es inhibir su naturaleza informativa; en tanto, la industria audiovisual, de la música al cine, pasando por los juegos electrónicos, deben ser regulados en su vertiente apologista de la violencia extrema; el sistema penitenciario debe adecuarse para ofrecer un trato profesionalizado a quienes han cometido actos de MHE, los que difícilmente podrían reinsertarse en la sociedad. En suma, es necesario identificar y pugnar porque el Estado interrumpa las redes sociales e institucionales que favorecen ese capital social negativo en el que se despliega la MHE.

Por supuesto que no todo está en gris. A lo largo de los últimos meses, el poder legislativo ha acordado leyes contra la desaparición forzada, el secuestro, la extorsión, “la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”; así como un Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, entre otras medidas nunca tardías, pero tal vez aun desarticuladas e insuficientes, mientras no se traduzcan en justicia para las víctimas acumuladas de esa maldad.