Carta Abierta de Movimientos Indígenas a Juan Pablo II en su visita al Perú (1985)

Nosotros, indios de los Andes y de América, decidimos aprovechar la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque en cinco siglos no nos ha dado ni amor, ni paz, ni justicia. Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvala a nuestros opresores, porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros.

Porque desde la llegada de Cristóbal Colón se impuso a la América, con la fuerza, una cultura, una lengua, una religión y unos valores propios de Europa.

La Biblia llegó a nosotros como parte del cambio colonial impuesto. Ella fue el arma ideológica de ese asalto colonialista. La espada española, que de día atacaba y asesinaba el cuerpo de los indios, de noche se convertía en la cruz que atacaba el alma india.

Yara: Hatuey / Eduardo Galeano (República Dominicana y Haití 1511)


En estas islas, en estos humilladeros, son muchos los que eligen su muerte, ahorcándose o bebiendo veneno junto a sus hijos. Los invasores no pueden evitar esta venganza.

Hatuey, jefe indio de la región de Guahaba, no se ha suicidado. En canoa huyó de Haití, junto a los suyos, y se refugió en las cuevas y los montes del oriente de Cuba. Allí señaló una cesta de oro y dijo:

-Éste es el dios de los cristianos. Por él nos persiguen-.

Lo atrapan tres meses después. Lo atan a un palo. Antes de encender el fuego que lo reducirá a carbón y ceniza, un sacerdote le promete gloria y eterno descanso si acepta bautizarse.

Hatuey pregunta:
-En ese cielo, ¿están los cristianos?
-Sí, le responden.

Hatuey elige el infierno y la leña empieza a crepitar.

Atahualpa Arroja la Biblia / Felipe Guamán Poma de Ayala, Cronista Indígena del Virreinato de Perú (1532)


Antes del encuentro, Atahualpa había ofrecido a los españoles oro, plata y mitayos. En el encuentro con Valverde, Atahualpa le pide explicaciones, pregunta quién le ha dicho que los dioses andinos son falsos y que el Dios de los españoles era verdadero.

Valverde responde que el libro lo dice. Para comprobarlo, Atahualpa le pide el libro:

–Dámelo a mí el libro para que me lo diga.

Valverde se lo da y Atahualpa comienza a ojearlo y pregunta:

–¿Cómo es que no me lo dice ni me habla el dicho libro a mí?

Tras lo cual, sentado en su trono, arrojó el libro al suelo porque se sintió engañado.