Por: Leandro Espino Córdova. 1º de Febrero de 2014.

Venimos del Oriente del Imperio P'urhépecha. De la tierra del Tzinapo, de la tierra de la Sal, de la tierra del Gran Lago de Cuitzeo, sustento por miles de años de nuestros abuelos, abuelos de nuestros abuelos.

Traemos un saludo desde esa tierra frontera con el Imperio Mexica que supimos defender con valor y orgullo los embates de los aztecas. Pueblos heroicos como Acámbaro, Taximaroa, Ucareo, Tzinapecuaro, Taimeo, Araro, Queréndaro, Indaparapeo y Charo que ofrendaron muchas vidas para que los mexica no nos conquistaran.

Estábamos dispuestos ante el “español” a cumplir con nuestro deber, pero tuvimos dirigentes militares que nos contuvieron y para nuestra mala fortuna caímos en las garras de la explotación y el exterminio de la Corona Española.

Región oriente, región del nacimiento de Kurhíkua K'erhi que cada mañana sale triunfante de la lucha contra los dioses de abajo, de las tinieblas.

Región oriente, asiento de nuestra Madre Kuerhájperi. Con su santuario en Tzinapecuaro, en lo alto de aquella colina para ver desde ahí a todos sus hijos del imperio y derramar sus bendiciones. Tzinapecuaro, lugar de tzinapos, la tierra de la Obsidiana, materia primigenea, símbolo y esencia del “bulto sagrado” que portaba Tariácuri en sus conquistas y que por él estaba dispuesto a dar la vida. Kurhíkua K'erhi personificado en aquel cuchillo de tzinapo, que después compartió con sus herederos al trono: Irepan, Iquingare y Tangánxoan, en quienes depositó su confianza para que dirigieran las riendas del reino. La importancia de Tzinapecuaro, la tierra de la obsidiana, no se discute. Aquí confluían muchos pueblos que venían a surtirse de la materia prima para las puntas de flecha, los cuchillos, navajillas, las orejeras y los bezotes.

Pero si en algún lugar se complacía Kuerhájperi, la dadora de vida, la vida misma, era en Araro, lugar donde se horadan las orejas y el labio, como rito de iniciación y consagración de los nobles y guerreros. En Araro estaba también su santuario y las fuentes brotantes, las fuentes calientes, “los hervideros”. En uno de ellos escogido con anterioridad, se vertía la sangre y los corazones de las víctimas sacrificadas previamente en Tzinapecuaro en honor de Kuerhájperi. Al elevarse las nubes al contacto con la sangre, nuestra Madre las distribuía por todo el universo para que se formaran las lluvias que sería su bendición y así las sementeras dieran abundantes frutos y sus hijos fueran prósperos. Dos veces en el año Kuerhájperi dejaba su santuario de Araro y en andas de sus hijos venía a la capital de imperio, Tzintzuntzan, derramando sus bendiciones y bondades en todos los pueblos que visitaba a su paso. Era la reunión de los dioses: Kurhíkua K'erhi, Kuerhájperi y Xarátanga, que velaban por el futuro del reino.

Venimos de la tierra de Acámbaro, baluarte de la integridad del imperio ante los embates de los chichimecas y que siguiendo la tradición lucha ahora por la defensa del pueblo P'urhépecha, de su cultura y de su lengua.

Venimos de la fortificada Taximaroa (hoy Ciudad Hidalgo) que muchas veces contuvo los ímpetus expansionistas del pueblo mexica. Pueblo matlazinca, aliado agradecido con el Irecha, que le dio esa región donde asentarse, huyendo también del asedio azteca.

Venimos de muchos pueblos, somos su voz. Somos el rescoldo del fuego que se niega a apagarse, somos parte del Fuego Nuevo. Venimos a aprender de ustedes hermanos, porque a nosotros la ambición española nos exterminó por completo y no sólo perdimos la vida, sino todo lo que éramos como parte del pueblo P'urhépecha. Hoy estamos atizándole a esas brazas que quedan para que Kurhíkua K'eri también vuelva a ser nuestro Fuego, para que Kuerhájperi nos siga dando vida.

Venimos a unirnos a la Fiesta Renovadora del Año Nuevo P'urhépecha con la venia de todos ustedes.