EL FUEGO NUEVO EN TAREJERO.
Por: José Luis Soto González. 1º de Febrero de 2014.

En 1981, eran los días propicios para enlazar voluntades y convocar pueblos en una misma dialéctica participativa para resolver por ellos mismos la controversia atávica que aún no termina y precisar de manera concluyente las formas de comprender la posesión de la tierra, ya sea desde una visión de explotación desmedida o desde el convencimiento de que somos depositarios de una forma sagrada de sobrevivencia, donde sabemos que la tierra no nos pertenece, sino al contrario, nosotros somos parte de ella desde que nacemos hasta que definitivamente regresamos a ella. Eran los días álgidos cuando la Unión de Comuneros “Emiliano Zapata” reunía cada vez más fuerza de organización y unidad, bajo la divisa de entender esa lucha de peticionarios de tierra, comuneros y campesinos atrapados por años en demandas interminables con la Reforma Agraria para resolver sus diferencias contra los invasores y caciques locales o regionales, usando las armas de la Ley y al mismo tiempo, por medio de acciones del arte participativo del Taller de Investigación Plástica de Morelia, manejando todas las expresiones estratégicas como un arma suprasensible para llevar las emociones y las percepciones de las mayorías a dichoso puerto, sin recurrir a la violencia y resolviendo al unísono las querellas y malos entendidos, no solo de los enemigos externos, sino también de los internos, como lo son por ejemplo, las tentaciones hacia el fanatismo o hacia la traición, tal como se exponía en las obras de teatro indio y campesino, donde cualquier persona de la comunidad podía participar primero en la investigación participativa de motivos, luego en la redacción de los hechos y finalmente con los ensayos para la presentación de la historia vivida que registraba los compendios finales de lo ocurrido por la defensa de la tierra, refiriéndose por supuesto al pensamiento político de los pueblos agrupados que se sintetizaba así: “Colaboración mutua, Apoyo y respeto mutuos y Defensa en común…”


Ahora, 33 años después, cuando regreso a la comunidad de Tarejero, a la Fiesta representativa del Fuego Nuevo, recapacito y entiendo los altos ideales que nos movían buscando una respuesta luminosa a los días oscuros de aquella guerra sucia en los postrimeros años del siglo XX, cuando acudíamos entusiasmados por descubrir cada vez más claro el camino hacia una nueva cultura de los pueblos originarios que se manifestaban a un tiempo por la defensa, el respeto, la colaboración y el apoyo entre todos los que buscábamos resolver la paz y la democracia desde abajo, luchando en ese entonces con todo lo que teníamos de experiencia a nuestro alcance para acudir prestos a cada nuevo Encuentro de Solidaridad, buscando la exploración de los sentimientos profundos de los participantes para expresar en las artes aquellas complejidades que articulaban poco a poco una visión política y creativa hecha por todos, que trascendía las discusiones en las mesas de trabajo para transformarse al final de los Encuentros solidarios en una grande fiesta de las artes y la cultura autogestiva nacida desde el núcleo de las luchas históricas, tal como se hizo en Tarejero, donde se fusionaron las artes campesinas e indígenas, con la historia local y el patrimonio vivo hecho mural, poesía, teatro, música y danza, donde hasta los niños también podían participar con su propia obra de teatro, sembrando el futuro sobre la tierra fértil de la experiencia comunal y fraterna, tal como se hizo aquí en el espacio abierto de la Comunidad de Tarejero en los primeros días de Agosto de 1981.


Ahora en el 2014, cuando contemplo los vestigios del gran mural pintado sobre las paredes del templo, despiertan en la memoria aquellos días venturosos cuando los acontecimientos y los hechos imprevistos en el corazón de este pueblo purépecha, lograron provocar la conciencia y la unificación de los pobladores junto con otras comunidades fraternas, unificados con la exclamación: “Sin Tierra no Hay Cultura”, se imaginaron estrategias y acciones regionales conjuntas contra la maldad de los caciques que en aquellos días habían asesinado a varios comuneros de este lugar y pretendían seguir intimidando a la comunidad para despojar aún más gran parte de sus tierras.

Fortalecidos con el apoyo fraterno de la Unión de Comuneros “Emiliano Zapata”, los comuneros de Tarejero comprendieron muy pronto que la justicia de los explotadores no era la misma que ellos defendían, ya que la justicia estaba secuestrada por el poder del dinero y sobre todo, mirando que los asesinos gozaban de impunidad y andaban sueltos.

En realidad, el problema de la Comunidad de Tarejero no era contra la Colonia Félix Ireta, sino contra los amos de ésta que por la fuerza y la violencia pretendían apoderarse de los terrenos comunales. No eran dos pueblos en pugna, sino dos maneras de entender la posesión de la tierra, es decir, dos culturas antagónicas. El pueblo de Tarejero, descendiente de los pueblos originarios, con formas de propiedad y de organización comunales, dueño de una visión cultural colectivista y respetuosa de la naturaleza, que concebía a la tierra como la gran madre creadora. En cambio, en la Colonia Félix Ireta, donde se revelaban distintas formas de racismo contra todo lo “indio” y predominaba una tendencia por poseer la tierra para la explotación capitalista a cualquier costo. Entonces, la disyuntiva del pueblo de Tarejero, no era solo la defensa de sus tierras, sino también la de mantener su pensamiento ancestral y hacer alianzas estratégicas con otras comunidades que padecían iguales circunstancias para poner de manifiesto sus derechos a ser diferentes, libres y poseedores de una cultura sorprendentemente vital que se engrandece y se renueva a cada nuevo ciclo, como sucede ahora con la Fiesta del gran Fuego.

Por eso al llegar de nuevo a Tarejero, sentí un estremecimiento vital al descubrir 33 años después, la bandera monumental sobreviviente de aquel mural testimonial que pintaron sobre los muros del templo, los compañeros de viaje: comuneros, peticionarios de tierra, campesinos y grupos solidarios como el nuestro, pertenecientes a la Unión de Comuneros “Emiliano Zapata” y al Taller de Investigaciones Plásticas, que con destreza y júbilo pintamos la memoria completa de este episodio librado por aquellos utopistas que ofrecimos la vida y la razón histórica por un pueblo en defensa de sus derechos, cuando más se necesitaba de un apoyo fusionado; tal como se expresaba en el mural: “Unidos, organizados y en lucha por nuestras tierras, por nuestra cultura y por nuestra liberación india”. Las imágenes elocuentes de estos pensamientos y acciones, fueron hechas por un arte anónimo, hermanado y enlazado en una misma visión y origen, por una misma clase histórica que aprendió a defenderse con la ley y el arte asumidos como creación colectiva, como una conciencia de que el pueblo puede hacer y escribir su historia en la realidad inmediata, llevando su propia visión a la plaza pública, a los terrenos de los hechos y a los muros sagrados de su comunidad.


Por eso al encontrar de nuevo ese fragmento remozado de mural presidiendo en el foro de la Fiesta del Fuego Nuevo, me llenó de júbilo el descubrimiento de la tremenda actualidad que posee el diseño de la Bandera Purépecha, dividida en cuatro manteles: Morado que representa la Ciénaga de Zacapu, Azul distintivo del Lago de Pátzcuaro, Verde como perfil de la Sierra Purépecha, Amarillo como la región de la Cañada de los Once Pueblos y al centro, con el poderoso escudo del Dios Curicaveri (El Gran Fuego) y sus cuatro forjas de flechas protegiendo a las cuatro regiones de la etnia, “…estas flechas son dioses y nuestro dios encendido no suelta dos flechas en vano contra los enemigos de su pueblo…”, la mano izquierda en alto aludiendo a la defensa en unidad, en apoyo y en respeto mutuos; finalmente con el grito de Juchari Uinápekua, se invoca a una conciencia holística integrada al gran todo, en donde cada quien habla en su propio nombre, pero también se constituye en los demás para alcanzar la energía comunitaria en dimensión del cosmos.

Para los que soñamos desde hace más de tres décadas una nueva cultura participativa y emergente desde los pueblos originarios del continente, esta celebración cósmica vivida en mancomunidad y contento, desde el primero de Febrero de 1983, nos ha encaminado por un recorrido imprevisto en el mapa desconocido de los territorios purépecha, forjando su propia dinámica de auto reflexión y de autonomía ejemplares. Ya en el libro “Los Señores de Utopía”, José Eduardo Zárate señala que las dos aportaciones trascendentes dentro de la cultura purépecha en el siglo XX, han sido: la creación de la Bandera Purépecha y su consecuencia inaudita: La Fiesta del Fuego Nuevo, como regeneración de un comunalismo vivo asumido por los pueblos participantes, como compromiso ineludible de hermandad, que promueve en sus rituales y en sus artes comunitarias, la creación de una nueva cultura de la participación democrática y creadora desde abajo, para encender el fuego purificador y poder alcanzar una conciencia planetaria desde la tierra misma que nos vio nacer.

Lo que habría que recordar es que esta cultura participativa y solidaria se ensayó primeramente en los pueblos históricos que defendían sus tierras, como en Tarejero de 1981, en Huandacareo, Aranza, Nurío y Pátzcuaro, en 1979, y luego en comunidades emblemáticas como Santa Fe de la Laguna en 1980 y otras como Cheranatzícurin, Guacamayas y Sirahuén en 1981, incluso en otras regiones indígenas como en Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca, donde se gestó en 1982 la señorial Bandera de los pueblos Mixes. Existe todo un proyecto de autogestión cultural anticipativo elaborado al calor del fuego donde se recoge la experiencia de la auto defensa cultural por medio de las armas liberadoras del arte y la cultura hecha en comunidad, sin pretensiones de fama, lucro o exhibicionismo como se estila en la cultura dominante, pero con objetivos de beneficio solidario muy claros puestos al servicio de un movimiento de masas, independiente de los partidos políticos o de las iglesias. Estos antecedentes programáticos elaborados por el TIP de Morelia, daban cuenta de un movimiento indio, campesino y comunal que asumía todas las artes como función política inalienable por la defensa de la tierra, mostrando el verdadero rostro de los explotadores, de los indecisos y traidores, en fin, de todos los complejos acontecimientos surgidos al calor de esa lucha histórica.


1981. Obra de teatro en la comunidad de Tarejero, Zacapu, Mich.

La primera fractura de este ambicioso proyecto se dio entre los protagonismos de los dirigentes de la UCEZ al final del Encuentro en la Sierra Sur de Michoacán, luego se continuó con la intentona de instalar una planta nuclear en los terrenos de Santa Fe de la Laguna. Fueron días contradictorios para más de setenta comunidades que defendían sus recursos naturales con la fuerza de un gran movimiento indígena y campesino que se debilitaba desde adentro. Pero ya estaba sembrada la semilla primordial entre otros sectores: intelectuales, historiadores, sociólogos, etnolinguístas purépecha y otros grupos de apoyo como el nuestro, que muy pronto comenzamos a unir voluntades en torno a la Bandera P'urhépecha que ellos mismos habían investigado y concebido junto con el TIP de Morelia. Con un mismo espíritu de hermandad y compromiso por renovar el pensamiento comunal de más de cuatrocientos poblados y ciudades Purépecha, para reflexionar en cómo revivir a los ancestros en nuestro propio cuerpo y corazón, reinventando así la ceremonia del Fuego Nuevo de una manera actualizada en las inmediaciones de Tzintzuntzan en 1983, teniendo como arribo inmediato a un renacimiento cultural que se dio inicio con el tránsito de la constelación del arado (Orión) por el cénit celeste, el día 1º de Febrero de 1983.

De inmediato, aquél acontecimiento comenzó a dar frutos uniendo voluntades en un mismo espíritu de hermandad y compromiso con la renovación de la memoria patrimonial y étnica. Al principio éramos unos cuantos utopistas adelantando el camino de lo que habría de venir. Despertando un fantástico recorrido por las cuatro regiones que ha venido enlazando y hermanando a los pueblos que comparten una misma lengua y origen, una misma disposición fraterna por encontrar y descifrar el lenguaje de los símbolos, marcando el recorrido ceremonial en una piedra angular, con las señales distintivas de cada comunidad sede donde los propios cargueros van grabando en la piedra los símbolos y los distintivos de un pensamiento toponímico participativo y comunal.

Desde el inicio de la Fiesta en 1983, yo mismo inicié la elaboración de los primeros lienzos representativos para cada lugar sede, que fueron publicados como proclamas para invitar a la Fiesta del Año Nuevo Purépecha o del Fuego Nuevo. Estas pinturas sirvieron para recoger interactivamente la simbología de cada comunidad, formando poco a poco una colección de lienzos que registra paso a paso los primeros 26 años de esta deslumbrante aventura. Al cumplirse esa mitad del siglo prehispánico, se había definido muy bien la metodología participativa para expresar los sentimientos y los temas más importantes de cada sitial, por lo que era necesario dejar esa estafeta para que se integrara a la dinámica tradicional de la Fiesta, lo que se ha continuado ya como un legado obligatorio que se va escribiendo involucrando a los propios intérpretes de los pueblos a continuar la descripción simbólica de este recorrido deslumbrante. Lo mismo que sucedió con el renacimiento del Juego de Pelota Purépecha, que le tocó al TIP reactivar por vez primera en la comunidad de Aranza, primero con los ancianos del lugar y luego, organizando el Primer Torneo de Uárukua el 11 de Noviembre de 1984, donde se dieron cita trece equipos de jugadores de este deporte hereditario proveniente de los primeros pobladores de Michoacán. Por lo impactante del juego, ya sea jugándolo de día con la pelota de trapo, o de noche, con la pelota encendida, este deporte emblemático de los pueblos originarios, muy rápido se integró al ceremonial del Fuego Nuevo, acompañando a la fiesta desde 1985, reproduciendo en cada nuevo juego la guerra cósmica y dialéctica entre el día y la noche.

Así la Fiesta ha servido de enlace entre las tradiciones vivas y la memoria profunda de una cultura actuante y decidida a sobrevivir sobre los tiempos sombríos, ordenando nuevos protocolos para reglamentar por ejemplo el uso de la Bandera Purépecha, así como la definición de los nuevos rituales para el encendido del fuego que pueden adaptarse a las costumbres de cada comunidad, asegurando la libertad para la participación democrática en la creación de las artes que las comunidades inventan: danzas, música, poesía, teatro, pintura, en fin, la desbordante participación que a veces carecen de actitudes críticas y pareciera que la cultura dominante pudiera eclipsar a la propia; aunque por otra parte, allí se manifiesta una lucha entre dominación y resistencia para descubrir nuevos elementos de la cultura actuante frente a los embates del exterior. Lo trascendente en esta Fiesta es que supera las buenas intenciones y se transforma en acciones que revelan el mundo en que vivimos. En ese sentido, la Fiesta del Fuego Nuevo en Tarejero se entiende como la Utopía posible en la que los pueblos se hermanan y se comprometen a continuar un movimiento que va del futuro al pasado y de este a la realidad que es necesario transformar. El reto de este movimiento que crece y que se va construyendo a sí mismo, es brindar surcos para sembrar el futuro, nuevas utopías viables, como la paz, la solidaridad, la distribución del ingreso, la posibilidad de una vida digna para todos, la defensa de la tierra y del medio ambiente, así como la participación democrática desde abajo.

Con el encendido del Fuego Nuevo en Tarejero se renueva el grito filosófico de JUCHÁRI UINÁPIKUA, Nuestra Fuerza que continúa reincidiendo en la certeza de que somos parte de una Utopía posible que revive a los ancestros en nuestro propio corazón y que tenemos que seguir ayudando a construir. El desafío es estar atentos para que esta gran marcha continúe sin convertirla en la expresión discursiva de deseos, sino que inspire acciones concretas que transformen los días de incertidumbre y oscuridad en que vivimos. Por eso, al reflexionar los significados de mi participación en este movimiento que se renueva con el poder del Fuego Nuevo, aquí en Tarejero, no dejo de pensar que: “No todo ha sido en vano”.




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Fotografías históricas. 1981. José Luis Soto Gonzales.
Tarejero, Michoacán. Fotografía de: Facebook.com/JuanmaMendozaPhoto