Cherán, Michoacán, 8 de diciembre de 2013. Tatá Ireneo Rojas Hernández ha vuelto al corazón de la tierra. Atrás ha dejado un gélido río de flores, lágrimas y discursos; y a una esposa poseedora de la voz más hermosa del mundo, hoy apagada, entristecida, abandonada.

Pero sobre todo, ha dejado un tesoro en la ruta del reflorecimiento de la Cultura P'urhépecha; porque eso ha sido, es y será, Ireneo Rojas: un símbolo de afirmación cultural.

El invierno imperdonable y una neumonía mal atendida le cegaron, sorpresivamente, su fértil vida. Y como recordó el Consejo Mayor de Cherán en el homenaje de cuerpo presente que le rindió en la pérgola central, se trató de un hombre que vivió con “intensa entrega al trabajo, sin medir tiempos, ni mirar relojes”.

Ahí recordaron sus méritos en la academia y en la invisible lucha por la cultura. Hablaron del doctor graduado en la tierra de Marx y Habermas, a quien la Física jamás le cambió la fórmula para reivindicar la igualdad de derechos más allá de los colores de la piel.

Muerte de madrugada.

La muerte lo visitó la madrugada del sábado. Una vez que la indeseable noticia brincó del hospital capitalino y recorrió la madrugada y los cerros, las cocinas maternas de Cherán empezaron a humear, y pronto sus dolientes montaron las lonas suficientes para ocultar la desnudes de los cielos, y para esperar a cientos que inundarían aquella casa del barrio Paricutin, donde el estudioso nació setenta y cuatro años atrás.

Y es que la muerte no espera ni le importa que, como en su caso, se tratara del más intercultural de los rectores de la joven Universidad Indígena de Michoacán, quien sin dejar de darle resonancia a la lengua Purépecha, aprendió también inglés, francés, italiano y alemán.

El féretro había llegado a casa la noche del sábado, envuelto en la bandera Purépecha que lo arropó desde el primer instante, la que simboliza tanto la unidad elemental de los Purépecha contemporáneos, como el fuego mítico de ayer, y los huesos de pescado, cascabeles de oro, collares de turquesas y plumajes de plumas largas y verdes, con que se distinguía a los muertos célebres, en la etapa anterior a la invasión europea.

Minutos antes del arribo del cuerpo, llegó Rocío Próspero Maldonado, la artista y esposa de ahogada voz, quien no dejó de gemir, adolorida, después de tantos años de iluminar las veredas de la vida del rector a quien la muerte lo sorprendió en plena madrugada. Nunca un dolor del alma había sido tan físico, tan intenso. Rocío no resiste tanto abrazo, tanto amor, tanto estruendo mortuorio; y la primera noche cae despacio en los hombros de los acompañantes a quienes el frío les irá talando los huesos.

¡Hasta siempre!

En el servicio religioso, celebrado en la parroquia central, el párroco Francisco Martínez Gracián, recordó que Ireneo y Rocío formaron una pareja Purépecha ideal, donde “el hombre de ciencia se condujo también como hombre de fe”, creyente de la importancia de vivir, practicar y propalar los valores P'urhépecha, que no son otros sino los universales de la convivencia humana, respetuosa, afanosa de un futuro mejor para la humanidad.

“¡Hasta siempre!”, dijo en sermón bilingüe, donde Martínez Gracián se hizo acompañar en las lecturas bíblicas, del investigador del Colegio de Michoacán, Moisés Franco, otro veterano de la academia y la investigación.

Pero quien caló hondo fue Juan Ignacio Cárdenas, “su brazo derecho” en la universidad y en buen tramo de su amistad de medio siglo, quien recordó sus andanzas juveniles en Alemania y Francia, donde convinieron la importancia de capacitarse al más alto nivel, para regresar a servir a sus comunidades. Para cerrar su breve arenga, Juan Ignacio le dijo en tono desenfadado a Ireneo que yacía en el féretro a dos metros, que se fuera a descansar ya, en paz, y que algún día se reencontrarían para seguir hablando la lengua Purépecha que no debería opacarse, nunca más.

Y es que Juan Ignacio, oriundo de San Andrés Tsiróndaro, no solo fue el amigo y cómplice de siempre en andanzas culturales, sino que es, ahora mismo y sin ninguna duda, quien mejor puede garantizar el cumplimiento de proyectos pendientes en la UIIM, sin perder dirección ni sentido, ante un discurso nebuloso como el de la interculturalidad.

El cortejo fúnebre fue una proyección del orden mismo que busca el nuevo modelo de gobierno de Cherán. Al frente, dos columnas de cheranenses distinguidos, que han servido a la comunidad de diversas formas; después, la ronda comunal escoltando la Bandera Nacional que lo abarca todo; seguida de los símbolos P'urhépecha y el cuerpo que flota en un río de manos que se disputan el honor de su traslado.

Nunca faltó el copal, los caracoles, el fuego y las cenizas de las que, de por sí, los antiguos dioses habrían hecho a los hombres. Las coronas y los ramos, por su cuenta, inundaron la troje mortuoria, llegadas de todas direcciones, como las de Fausto y familia, Concejo Mayor, médicos tradicionales de la UIIM, la UMSNH… de las sobrinas, las escuelas… No cupieron ni en la tumba, por lo que algunas irán a renovar la parafernalia mortuoria de las semanas previas.

Pero todo se acaba, incluida la velación que convocó a los barrios de Uruapan y comunidades de la Sierra, Cañada de los Once Pueblos, Ciénega de Zacapu y Lago de Pátzcuaro, con múltiples distintivos de gabanes, cobijas, sombreros, naguas y delantares. Son ex gargueros del movimiento cultural del fuego nuevo, quienes han prometido mantener la llama encendida para que nunca más se extinga, mientras otras vidas sigan, y el mundo ruede.











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(Colaboración: Martín Equíhua Equíhua)