Grecia Ponce / Cambio de Michoacán

Cherán, Michoacán.- Aunque son los hombres, jóvenes y niños con el rostro cubierto y armados con garrotes los que han acaparado la atención de los medios de comunicación colectiva, detrás de ellos hay grandes mujeres que son la base de la resistencia. Ellas también contribuyen a la batalla detrás de la parhánkua o fogón.

Pasan su tiempo en el interminable palmoteo de las tortillas y tratando de hacer rendir las cada vez más escasas provisiones para alimentar a los cientos de cheranenses que desde hace más de un mes destinan su tiempo al resguardo de la cabecera municipal.

Alrededor del comal platican entre ellas en el idioma ceremonioso y elegante de la gente P'urhé, de los tiempos en que podían salir durante las primeras horas de la madrugada a buscar al hijo que andaba tomando sin ningún temor.

Añoran que todavía hasta hace poco podían salir del pueblo a vender huanengos -camisas- y servilletas bordadas en punto de cruz para mantener a sus familias o aportar todavía más al bienestar de su hogar.

Extrañan cuando podían ir al cerro a cortar la plantita cuyo nombre en español se traduce como “quién sabe”, y que sirve para curar indigestiones y ayudar al cuerpo a deshacerse del exceso de gases.

Mientras lavan jitomates y pelan cebollas, se saborean de las atapakuas de quelites y de los guisos de hongos que no están preparando, ya que ahora comen pura sopa de pasta, porque en primer lugar no pueden ir al monte a colectar setas y plantas comestibles, pero tampoco tienen dinero para el queso y mucho menos para carne, ya que sus esposos que vivían hasta el pasado 15 de abril de extraer resina o recolectar leña, no han podido trabajar; en parte porque es peligroso subir al cerro y en parte porque llevan más de un mes participando en las tareas de vigilancia.

Pero a pesar de todo, las mujeres purépecha de Cherán ríen. Sus carcajadas suenan como los chorros de agua que caen por encima de los peñascos, después de brotar de los ojos de agua del Cerro de San Miguel.

Las carcajadas de las mujeres nacen espontáneas durante la plática, entre el humo de la leña y el picor de los chiles asados, ya que no falta el recuerdo del marido que andando borracho una vez se equivocó de casa y tuvo que reparar el error huyendo del machete del verdadero dueño de la vivienda.

A veces evocan las gracias de los hijos pequeños que no están yendo a la escuela y dedican el ocio a hacer maldades, lo cual las madres soportan ante el temor de que vuelva a suscitarse una balacera y los menores estén cerca.

En ocasiones el silencio sólo se interrumpe por el sonido acompasado que se produce al tortear la masa, pues de repente todas se ponen a pensar en quienes por vigilar el bosque se toparon con los proyectiles.

Entonces, mientras reciben un cajón con duraznos que les enviaron de Nahuatzen o unas manzanitas mustias, mientras planean hacer agua fresca y le agregan sal a los frijoles, sus ojos se vuelven broncos como la ira e hirientes como la quemadura del sol.

En ese momento se miran entre sí y aunque no portan garrotes, armas de fuego ni paliacates en la cara, dicen que lo que más extrañan de su vida, ahora trastocada, es justicia; justicia para sus bosques, para sus hijos, hermanos y esposos desaparecidos; para el compadre de su cuñado que se tuvo que ir de Cherán por las extorsiones, pero sobre todo justicia para los que ahora se encuentran en los brazos de la madre tierra, que los parió para que fueran como los pinos: Erguidos, orgullosos y llenos de vida.

Fuente: periódico, Cambio de Michoacán.